Vivimos rodeados de alimentos disponibles todo el año. Basta con entrar en un supermercado para encontrar prácticamente cualquier fruta en cualquier momento del año. Y, sin embargo, hay algo especial —casi intuitivo— cuando consumimos alimentos de temporada. Es como si, sin darnos cuenta, estuviéramos siguiendo un ritmo que va más allá de nosotros. En esta publicación ya te hablábamos de la importancia de comer frutas y verduras de temporada. Porque no es solo una elección nutricional. Comer de temporada es una forma de reconectar con la naturaleza.
Cada estación trae consigo lo que nuestro cuerpo necesita en ese momento. En invierno con la bajada de temperaturas, necesitamos alimentos más reconfortantes, cálidos y densos. Por el contrario, en verano, que los días son más largos y pasamos más tiempo en el exterior el cuerpo pide frescura, hidratación y ligereza.
Ahí es donde entran los frutos rojos. Su temporada coincide con el inicio de año, cuando todavía se ve lejano el buen tiempo. Pero pasados los primeros meses, es con la llegada de la primavera cuando apetece comer más ligero, fresco y lleno de sabor. Su alto contenido en agua y su perfil antioxidante lleno de vitaminas encajan perfectamente con lo que el cuerpo nos pide cuando empiezan a alternarse los días de sol y de lluvia y poco a poco van subiendo las temperaturas.
Todo tiene su momento. Esto va de menos improvisación y de más escuchar a la tierra como te contábamos aquí al hablar del inicio de la temporada de fresones en Huelva.
Cuando las frutas y verduras se consumen en su temporada natural, se nota. En el sabor, en el aroma, en la textura, etc. No es lo mismo una fruta recogida en su punto exacto de maduración y que te llegue al momento al mercado y a la mesa, que una fruta que se recoge verde y recorre miles y miles de kilómetros hasta que te la puedes comer. Aparte del impacto medioambiental y económico que tiene. Elegir alimentos de temporada tiene un impacto positivo en el entorno. Reduce la necesidad de largos transportes, respeta los ciclos naturales y favorece una forma de consumir más consciente. Pero más allá de eso, nos devuelve a una forma de relacionarnos con la comida más cercana, más real. ¿Qué sentido tiene comer una naranja en verano cuando aquí es una fruta de invierno?
Un fresón en su punto no necesita añadidos. Es jugoso, equilibrado, intenso, y está lleno de nutrientes clave para tu salud. Comer de temporada es volver a descubrir cómo sabe realmente un alimento. Es dejar de buscar sabores artificiales y redescubrir los matices naturales que muchas veces hemos olvidado. Y eso cambia la forma en la que comemos. Nos hace disfrutar más, sin necesidad de complicarnos. En el fondo, comer de temporada es una invitación a simplificar. A confiar en que lo que la tierra ofrece en cada momento tiene sentido.
Te proponemos un juego. La próxima vez que vayas a comerte un fresón en su punto, para y cuando lo muerdas cierra los ojos y céntrate en su sabor, en su textura jugosa. ¡Lo vas a disfrutar mucho más!
En un día a día acelerado, este tipo de elecciones nos ayudan a parar, aunque sea un poquito, el ritmo que llevamos todos. Y si tenemos peques en la familia, compartir con ellos un calendario de frutas y verduras, enseñarles qué alimentos se comen en cada momento del año y por qué, es una manera de trasmitirles buenos hábitos de alimentación. Porque lo que aprenden desde pequeños como natural, ya lo recuerdan para el resto de la vida. Además, esperar la llegada de ciertos alimentos, crea expectativa. Y eso es algo que tenemos que enseñarles, porque la espera también forma parte del disfrute.
Cuando te comas el próximo fresón, acuérdate de disfrutarlo. Y si te apetece comer frutos rojos durante todo el año, recuerda que puedes congelarlos, ¡mantienen todo su sabor y propiedades!


