Hay momentos que no salen en las fotos oficiales del día, pero que son los que realmente lo sostienen. La merienda es uno de ellos. No tiene la solemnidad de la comida principal ni la prisa del desayuno entre semana. Tampoco es una cena cansado de todo el día. La merienda es pausa. Es reencuentro. Es ese espacio intermedio donde todo se detiene un poco. Y tiene mucho de recuerdos.
Para muchas familias, la merienda es el momento en que los niños cuentan cómo les ha ido en el colegio. O el rato en el parque jugando con los amigos. O cuando se comparten risas alrededor de la mesa de la cocina. O cuando, después del trabajo, nos regalamos algo sencillo antes de seguir. Merendar es infancia, son juegos, una pausa antes de seguir con lo que estuviéramos haciendo. No es solo comer algo a media tarde: es un ritual cotidiano que nos conecta. Y en Fresón de Palos nos encanta detenernos en esos momentos especiales para saborearlos a fondo.
En un mundo que va rápido, la merienda puede ser una invitación a bajar el ritmo. A cortar fruta sin prisa. A preparar un yogur con un puñado de frutos rojos. A tostar pan y acompañarlo con un poco de queso o jamón. O una pieza de fruta de temporada. No hace falta complicarse: lo sencillo suele ser lo que mejor funciona.
Los frutos rojos tienen un papel especial en este momento del día. Su color intenso, ese sabor equilibrado entre dulce y ligeramente ácido, su frescura… lo hemos dicho muchas veces, ¡son superfrutas! Un bol de fresones troceados, unas frambuesas en una tostada con u poco de queso fresco o un batido casero de leche con arándanos pueden convertir una merienda cualquiera en algo especial.
Pero más allá del alimento, está el gesto. La merienda es preparar algo pensando en alguien. Es lavar la fruta, colocarla en un plato bonito, sentarse juntos aunque solo sean quince minutos. Es una excusa para mirarnos sin pantallas de por medio.
Para los más pequeños, además, es una oportunidad para aprender hábitos saludables sin discursos complicados. Los niños aprenden por imitación, copian lo que ven en casa: si la fruta forma parte de la merienda porque se presenta de forma atractiva y cercana, se convierte en algo cotidiano, no en una obligación. Comer bien empieza en estos pequeños gestos repetidos cada día.
También es un instante de autocuidado. No solo para niños. Los adultos necesitamos esa pausa de media tarde: un respiro entre tareas, una taza caliente y algo ligero que nos aporte energía para lo que queda del día. Elegir opciones frescas, naturales y de calidad marca la diferencia en cómo nos vamos a sentir después.
La merienda no tiene que ser perfecta. No necesita recetas elaboradas ni ingredientes complicados de encontrar. Puede ser tan simple como un puñado de frutos rojos compartidos en la encimera de la cocina. Lo importante es el significado que le damos.
En el fondo, la merienda habla de hogar. De cuidado. De pequeños gestos que construyen recuerdos sin que nos demos cuenta. Con el tiempo, esos momentos sencillos son los que permanecen: el sabor de los fresones recién cortados, las risas por la boca manchada de rojo, la conversación tranquila al final de la tarde.
Porque a veces, lo más importante del día es ese pequeño espacio donde nos sentamos, compartimos y volvemos a encontrarnos. Y la merienda es una ocasión perfecta para eso.


